Pedro Andrés de Tejada | Enero 2026
La reciente captura de Nicolás Maduro ha generado un intenso debate. Mientras algunos sectores insisten en calificarla de “ilegal” , lo cierto es que, desde una mirada realista, lo ocurrido estuvo bien y refleja una constante histórica: en política, lo que prima no son las leyes escritas ni los principios abstractos, sino el poder efectivo.
El idealismo político sostiene que las normas y valores deben guiar cada acción. Pero el realismo recuerda que lo que importa no es lo que debería ser, sino lo que efectivamente sucede. Por más leyes que existan, la política se define por la capacidad de ejercer y sostener el poder.

Imagen de Getty Images / Nicolas Maduro en Nueva York acompañado por agente del DEA.
A continuación les daré ejemplos con lecciones históricas, en la Roma antigua los cónsules invocaban la máxima salus populi suprema lex (“la seguridad del pueblo es la ley suprema”) para justificar medidas extraordinarias, incluso si contradecían la legalidad vigente. En la Revolución Francesa los jacobinos aplicaron políticas radicales que chocaban con los ideales de libertad y legalidad, pero se legitimaban por su eficacia en mantener el poder en medio del caos. Durante la Guerra Fría potencias como Estados Unidos y la Unión Soviética apoyaron gobiernos cuestionados legalmente, porque lo que importaba era la estabilidad estratégica, no la democracia.
La captura de Maduro se inscribe en esa misma lógica. Más allá de los cuestionamientos jurídicos, lo que define su validez es la capacidad de ejecutarla y sostenerla. El realismo mata al idealismo porque, en última instancia, la política no se mide por lo que debería pasar, sino por lo que efectivamente ocurre.
En este escenario, Estados Unidos juega un papel central. Se maneja bajo la lógica del poder y la eficacia, imponiendo su influencia global. Nadie se anima a oponerse de manera frontal porque es la potencia que marca las reglas del juego internacional. Así, lo que para algunos puede ser “ilegal”, para el realismo político se convierte en un hecho consumado, respaldado por la fuerza de quien tiene el poder. Pero la intervención externa no explica todo.
La culpa de lo que hoy sucede recae pura y exclusivamente en el gobierno y en el pueblo venezolano. El pueblo prefirió huir para preservar sus vidas antes que preservar la vida de su nación. Esa decisión, comprensible en lo humano, debilitó la capacidad de resistencia interna y dejó el terreno libre para que Estados Unidos avanzara en su control.
La falta de cohesión, de instituciones fuertes y de liderazgo efectivo debido a una dictadura débil fue lo que abrió la puerta para que Estados Unidos aprovechara la crisis. En política, cuando un país no logra resolver sus problemas internos, otros lo hacen por él y siempre en beneficio propio.
Esta publicación constituye un extracto de nuestra revista ‘Der Globalist’ – Edición Enero 2026